El mejor oficio de los padres: educar desde casa

Por: Aída Quintero Dip

Fuente: Sierra Maestra

- Si prevenir vale tanto como acometer, en el contexto familiar ese concepto acentúa su mérito, especialmente respecto a la atención y formación de los hijos e hijas, porque el hogar desempeña un papel de primerísimo orden en la forja del carácter, la actitud, disciplina y responsabilidad de cada cual.

En el interés de que puedan asumir en mejores condiciones su misión en la sociedad, los padres y madres tienen la encomienda de moldear como verdaderos orfebres la personalidad desde la cuna, donde se gana o de pierde el difícil oficio de educar y fundar valores en las nuevas generaciones.

La escuela, la comunidad y la sociedad deben ir de la mano también en un solo haz, junto al núcleo familiar, para poder guiar con efectividad los sentimientos y acciones en el transcurso de la vida de niños, adolescentes y jóvenes, en aras de consolidar los valores humanos que defendemos.

Es una batalla en la que se requiere ser perseverantes y severos, en el afan de que crezca ese renacer de la confianza en que es posible lograr un ambiente social sano, que proteja a plenitud a nuestra descendencia de los riesgos de la violencia, prostitución, drogas, el vicio y el delito.

Urge vencer la cruzada contra las indisciplinas sociales en el ámbito del proceder ciudadano y la preservación de las mejores tradiciones que nos definen como pueblo, con énfasis ante quienes adoptan una actitud de indiferencia y apatía en torno a los deberes de convivencia y del comportamiento social y moral.

No existe mejor legado para los hijos, ni recompensa más gratificante para los padres que la forja de una generación de arraigados sentimientos patrióticos, de solidaridad, honradez, la honestidad, a sabiendas de que la acción antisocial no es solo la que viola leyes y normas establecidas y alcanza categoría de delito; está presente, también, en las conductas que ofenden el derecho, la moral, la dignidad y la cultura.

El combate frontal y sistemático parece ser el único antídoto, en razón del perjuicio que causa, empezando por la labor que debe emanar desde la propia casa, pues vale mucho en la vida y a nivel de la sociedad educar y predicar con el ejemplo.

Se redobla la misión al educarlos en el sentido de no ser actores o cómplices de indisciplinas sociales u otros hechos que denigran a los seres humanos, pues ese comportamiento irrespetuoso y hasta agresivo de algunos no es compatible con la sociedad que nos esforzarnos por perfeccionar.

Una buena parte de las situaciones y conflictos se resolverían si interiorizáramos que muchos de los problemas de una convivencia social negativa, que hoy preocupa a la familia, la comunidad y la sociedad, pudieran resolverse o atenuarse, si se practicara una buena comunicación social.

Ayuda a llevar agradablemente la vida la práctica de una convivencia social armónica, que se alcanza -hasta cierto punto- con una comunicación directa, de características positivas, sin ambigüedades, ni posición acusadora, en la que no debe faltar ese matiz de afecto y de ternura que tanto se agradece.

Por eso hay que defender siempre el concepto de prevenir primero y educar con amor, y luego enfrentar con valentía las indisciplinas, conductas antisociales y los problemas, sobre todo en el hogar, donde es posible influir hasta su transformación.

La grandeza de la familia también está en la capacidad de crecerse y probarse ante situaciones difíciles que son, igualmente, definitorias ya que convocan a forjar mejores seres humanos, capaces de protagonizar acciones enaltecedoras que la sociedad siempre premia.


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