Coloquio entre Máximo Gómez y una bandera

Los cubanos —y avileños en particular—, tenemos una deuda pendiente que cumplir con el legado de Máximo Gómez Báez y es la tarea de profundizar, estudiar, en todas las facetas, su pensamiento, adentrarnos con rigor y entrañable admiración en el genio guerrero del protagonista de la Campaña de Guantánamo, de las grandes batallas camagüeyanas de La Sacra, Palo Seco, El Naranjo o Las Guásimas; el ataque sorpresivo, después de noche lluviosa, al poblado de Ciego de Ávila, sus cruces victoriosos por la Trocha de Júcaro a Morón, su presencia junto a Maceo en Lázaro López para organizar, definitivamente, el Ejército Invasor o la histórica arenga pronunciada en este lugar, cuyo eco aún resuena incitándonos al diario cumplimiento del deber.

No menos trascendentes fueron la epopeya invasora y la legendaria Campaña de la Reforma, al oeste de la Trocha, que le llevaron al pináculo de la inmortalidad por los geniales aportes al pensamiento militar, al combinar y adaptar, de manera admirable, geografía y naturaleza a la guerra irregular, marchas, contramarchas y otras argucias empleadas ante un enemigo superior en número y armamento al cual venció rotundamente. Nostalgia y cariño siempre profesó Gómez por el lugar donde naciera su hijo Panchito y las horas que junto a la fiel Manana pasara en Arroyo del Toro (La Reforma, otrora término municipal de Morón), en fin, adentrarnos en lo íntimo de la recia personalidad del guerrero que jamás el sol de Cuba sorprendió en el campamento o sobre la hamaca.

Junto al recio carácter del militar ponderado, duro en ocasiones e impenetrable en apariencia, existía un noble corazón y profundos sentimientos libres de todo paternalismo, de verdadero amor por Cuba y su pueblo. Ello queda en evidencia cuando se repasan anécdotas de personas que le conocieron con intimidad, el epistolario personal, los momentos dolorosos por la pérdida de un ser querido o un compañero entrañable.

La historia recoge un trágico coloquio, muy poco conocido, entre una desflecada bandera y el dominicano de la leyenda, quien, con sumo cuidado, como si adivinara el puesto que habría de ocupar en nuestra historia, conservó a través de los años, hasta los más insignificantes papeles, desde los más triviales objetos, hasta las dos sagradas banderas: las de su Cuartel General durante las luchas independentistas.

En los momentos en que el dominicano resignó el mando del Tercer Cuerpo del Ejército, recogió la bandera del '68 (bordadas por las hijas de Holguín para Donato Mármol) y envuelta en un saco se la llevó consigo al abandonar Cuba luego del Pacto del Zanjón, en el año 1879, seguro de no volver a pisar más nuestra tierra.

Años después, ordenando el General su archivo, situado en el desván de su humilde casa, como tardaba en bajar, suben sus familiares y sorprenden al viejo de acero, inclinado y absorto ante un trapo ennegrecido y deshecho, ante los restos de una vieja bandera que se extendía en el suelo, por delante de él. Con el ruido que hicieron, levantó el caudillo la cabeza, vieron su mujer y sus hijos que por aquellas duras facciones, modelo de energía, corrían las lágrimas que trataba de ocultar en vano.

¿Cuántas cosas de su pasado heroico evocó en su vista para enternecerlo así? Aquel pedazo de trapo, en su miseria presente, colmada de hambre y necesidades junto a su prole en el exilio, le recordaba que hubo otro tiempo, que entre el humo de los combates, poderoso y erguido, al frente de miles de hombres, desafió a los soldados de España durante 10 largos años. A su contemplación, se alzaron en el recuerdo sus compañeros de la epopeya, unos muertos, otros proscritos y errantes como él, Céspedes, Agramonte, Reeve, los Maceo, Calixto García, Julio Sanguily. Toda aquella confusa visión de gloria y poder conmovió al hombre de bronce en aquel desamparo. Así era el amor que sentía por la Isla bravía y su pueblo.

Cuando el Apóstol organiza y prepara la Guerra Necesaria y lo invita en memorable carta para que asuma las riendas del Ejército libertador le dice y advierte: "Yo ofrezco a Usted, sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer del sacrificio y la ingratitud posible de los hombres." Gómez acepta con entusiasmo y sin vacilaciones, a pesar de que la ingratitud laceró en más de una oportunidad sus nobles sentimientos. Y entonces, como bien afirma Eusebio Leal Spengler, "con la austeridad, la valentía y la asombrosa agilidad de su primera juventud, con aquel dominio de la estrategia singular e infalible, inicia una campaña tenaz que reclama para él, sin exageración, un lugar entre los primeros guerrilleros de América".

Junto a su Estado Mayor, entre la metralla y la pólvora, marcha y flamea al viento de nuevo la Enseña Nacional, su bandera de la Invasión, confeccionada esta vez a petición de José Martí en Veracruz, México, por las manos y el arte de una mujer cubana, que más tarde residió por muchos años en Ciego de Ávila, educando a generaciones enteras de avileños a través de la pedagogía martiana y del ejemplo personal: Clotilde Agüero Cepeda.

Bibliografía:
• Conferencia impartida por el Dr. Benigno Souza en el Ayuntamiento de La Habana, 19 de noviembre de 1936.

• Martí, José: Martí por Martí. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1982.

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