El tesoro de la infancia en Cuba tiene cuño de UNICEF
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Son españoles, no cubanos. Y es la misma UNICEF (Fondo de Naciones Unidas para la Infancia) la que reconoce y pide a los políticos que los tengan en cuenta en el Presupuesto General del Estado. Cuba, empero, acaba de ser valorada por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) entre las naciones con menor tasa de muertes infantiles en el continente. Así consta en el Informe de salud Las Américas 2012.
El pasado año el Comité de Derechos del Niño emitió un reconocimiento a esta Isla por los avances que se alcanzan en las diferentes esferas del tema. Y en agosto, al finalizar su misión en Cuba, José Juan Ortiz Brú, representante aquí de la UNICEF en los últimos cinco años, sentenció que la Isla, siendo un país pobre, lleva más de 50 años garantizando esos derechos.
Con igual fuerza destacó que el bloqueo norteamericano es una agresión directa a la infancia por ser la población más vulnerable a los actos hostiles. Y ejemplificó cómo impide adquirir tipos de válvulas para el corazón y anestesia infantil, al tiempo que afecta los programas implementados mediante las Naciones Unidas, porque los Estados Unidos no permite comprar una serie de productos esenciales para preservar la vida.
Con toda esta verdad encima, los cubanos nunca rozan siquiera el umbral de la pobreza y se priorizan, incluso, cuando de repartir estrecheces se trata. Mientras en el mundo mueren cerca de 20 mil niños cada día, acá vemos a esa cifra y más amanecer de uniformes escolares, tener los cuadernos necesarios y llevar la merienda de quienes van a las escuelas regulares. En las internas, el Estado le garantiza diariamente el alimento.
Comprobar que en España la cantidad de pequeños que están en tal estado de pobreza significa sumar 80 mil más a los registrados en el 2010, no tiene comentarios. Huelga por sí mismo el número y la realidad aplastante. Entonces vuelvo a confirmar mi certeza cotidiana: nuestros niños son ricos. Muy ricos en amor, protección, educación, salud y garantía de vida.
Un tesoro, como también aseveró Ortiz Brú, pues se trata de equidad e inclusión. No es cuestión de dinero. Porque vivir así, con esa libertad de ser y sentirse amado, desde casa a la calle y viceversa, aún con todo lo que falta por lograr, ¿podrá alguien alguna vez ponerle precio y apretarlo en un fajo de billetes?
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